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Resistencia

Otra resistencia para otro mundo

El ensayista Ermanno Vitale aborda en ’Defenderse del poder’ nuevas estrategias para salvaguardar los derechos sociales

JESÚS MIGUEL MARCOS MADRID 22/02/2012 07:30 Actualizado: 22/02/2012 07:40 

Manifestación de los indignados el 20 de julio de 2011 en Barcelona.

Manifestación de los indignados el 20 de julio de 2011 en Barcelona.EDU BAYER (PÚBLICO)

Ocurrió hace unas semanas. Un engolado Mariano Rajoy intercambiaba pareceres con sus nuevos colegas europeos en Bruselas. Observando de lejos, parecía la típica charleta de palabras protocolarias, declaraciones de intenciones vacuas y socorridos lugares comunes. Sin embargo, un micrófono abierto cazó al vuelo un comentario del presidente: "La reforma laboral me va a costar una huelga". La frase dio la vuelta al país y volvió a demostrar que algunos políticos, cuanto más ocultos están los micrófonos, más claro hablan.

El asombro de escuchar al presidente del Gobierno hablar de la reforma laboral como quien comenta un partido de fútbol se transformaba en estupor al comprender que para él una huelga es algo así como un dolor de muelas. Y lo peor no es que lo piense, sino que su concepto de paro laboral no está demasiado alejada de la realidad. Las huelgas se han convertido en un mero trámite, en un guión previamente escrito, en una secuencia emotiva, con más pompa que efectividad, de una película en la que los poderosos son directores y protagonistas y los ciudadanos, meros secundarios. Así lo define el ensayista Ermanno Vitale en Defenderse del poder. Por una resistencia constitucional, recientemente publicado por Trotta: "El derecho de huelga, el típico instrumento de resistencia al poder económico codificado en las cartas constitucionales de muchos estados democráticos, parece cada vez más como un arma sin filo, de limitada eficacia".

"La huelga parece cada vez más un arma sin filo, de eficacia limitada"

En el libro, Vitale profundiza en el concepto de resistencia como forma de cambio político y social, hace un recorrido histórico que se remonta a la Grecia clásica y llega hasta Pasolini, y culmina proponiendo nuevas estrategias de enfrentarse al poder. ¿Cuáles? Como primer paso, rescatar la legitimidad perdida de las constituciones occidentales desde la época de la posguerra. "Hay que volver a tomarse en serio el constitucionalismo plasmado en las constituciones europeas más avanzadas, que conjuga derechos de libertad, derechos políticos y derechos sociales, para que llegue a convertirse también en un constitucionalismo de derecho privado, que pueda embridar al capitalismo financiero", explica a Público el autor, profesor de Ciencia Política en la Universidad del Valle de Aosta (Italia).

La espiral de la destrucción

Septiembre de 2008. Cataclismo en Lehman Brothers. La economía mundial cae en barrena y los castillos financieros se derrumban como fichas de dominó empujadas por una leve brisa. Eran naipes, no cemento. "Todo era perfectamente legal y perfectamente amoral", se oía. El capitalismo financiero se comía los cimientos del Estado del

bienestar tras muchos años disimulando con una media sonrisa, mientras por debajo jugaba y especulaba con los derechos más básicos de la población. "El capitalismo financiero es constitucionalmente inmune", denuncia Vitale.

Las protestas de los ciudadanos, indefensos ante un sistema de intereses y poderes supranacionales, invisibles y sofisticados que supera incluso a los propios gobiernos, no encuentran un claro objetivo. ¿Quién tiene la responsabilidad de la crisis de las hipotecas basura? ¿Contra quién protestar ante el reparto de bonus en entidades bancarias sostenidas por dinero público? La resistencia, hoy en día, se complica.

"El capitalismo financiero es constitucionalmente inmune"

"Antes era más fácil comprender los mecanismos de la acumulación originaria del capital y explotación de los asalariados: los trabajadores sabían quiénes eran los dueños y no tardaron en darse cuenta de cómo los explotaban. Todo sucedía, por así decir, a la luz del día. Por eso mismo, también luchar y resistir era, desde el punto de vista de la comprensión de los fenómenos, más fácil", sostiene el autor.

Ante nuevas injusticias, se necesita una nueva resistencia. Vitale habla de un vacío que impide la construcción de una resistencia contra los desmanes del poder. Ese vacío no se ha generado solo, sino que es fruto de lo que él denomina como "traición" de la izquierda a sus propios principios: "Que la derecha sea derecha es normal, aunque no lo sean tanto las derechas anticonstitucionales. Pero que la izquierda haya abrazado los modelos culturales de la derecha (su darwinismo social, la invitación a ser empresario de sí mismo, la competencia y la competición como la sal de la vida económica y social, las privatizaciones y liberalizaciones como sinónimo de eficiencia tout court, como solución mágica de los problemas) es algo que se entiende peor. Los partidos políticos de la izquierda han quedado reducidos a grupos de poder, que han dejado de cumplir una función de representación política y transmisión de las exigencias y propuestas provenientes del mundo del trabajo".

Para Vitale, la resistencia pasa por garantizar los derechos constitucionales, que no se conviertan en papel mojado, que no sean principios que se guardan en un cajón mientras el crecimiento de un país se sigue midiendo exclusivamente por el PIB ("una peligrosa ilusión") y al planeta se le somete a graves agresiones ambientales.

Y pone ejemplos: "Hay que pelear en Valsusa [Piamonte, Italia] contra la devastadora construcción de un costosísimo túnel ferroviario de alta velocidad, de 57 kilómetros, que acabará quedando ampliamente infrautilizado. O contra la compra de armas, tan sofisticadas cuanto inútiles. O contra el sometimiento economicista del sistema universitario al pensamiento único neoliberal. ¡Hasta en el lenguaje de los créditos formativos!".

Tramas mediáticas

"La izquierda ha abrazado los modelos culturales de la derecha"

Del objetivo de Vitale no escapa casi nadie. La mayoría de medios de comunicación, señores del poder ideológico, pertenece a un conglomerado empresarial con sus propios intereses que en muchas ocasiones se alejan del propósito de informar al ciudadano sobre lo que pasa en la realidad. "Los medios de comunicación de masas han comenzado a vivir una vida propia, a perseguir sus propios fines, a hacer política corporativa", escribe Vitale.

El autor denuncia la grave falta de pluralidad en las voces que generan el debate público. No hay que ir muy lejos para percatarse: en España un mismo empresario puede ser dueño de varias cabeceras de periódicos de distinta orientación editorial sin que nadie se escandalice. La ley, claro, lo permite. "De hecho, el oligopolio de la información limita la libertad de prensa y el pluralismo de las ideas", sostiene.

Para Vitale es esencial recrear el sistema legislativo para que se prioricen los derechos establecidos en la Carta Magna. Pero no descuida otras formas de contrarrestar los desmanes del poder sin recurrir a la violencia y dedica varias páginas a Gandhi. Según Vitale, "la búsqueda de medios que impidan una deriva violenta es la enseñanza de Gandhi, al margen de su idealismo. Idealismo, pero sólo hasta cierto punto: parece que los ingleses lo consideraban un negociador habilísimo e incansable". Tras el 15-M también se habló de Ghandi. Quizás las lecciones del viejo maestro son un buen punto de partida.

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